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Golpes

Dejar que la pena se la trague el desagüe de la ducha, como aquellos golpes de la vida que no sabemos encajar y desaparecen de nuestra memoria. Algunos lo llamarían huir, seguramente es hacerse el loco. Porque no hay nada peor que te den un puñetazo en toda la cara y que no sea físicamente. Que ese dolor se cuela por todas las grietas de un cuerpo lleno de arañazos que nunca curan y contamina todo lo demás. Todo lo bueno se tiñe de negro y las esperanzas deciden echarse a correr para que nadie las pueda alcanzar. Que es mejor volverse cínica, a tener que aguantar las tonterías de algún manido corazón.

Ahora

El miedo paraliza,
el mínimo indicio que pueda afirmar
que se me han pegado más allá de la piel
tus peores defectos.

Que salvando algunas distancias
yo sea más tu de lo que nunca he sido,
que lo normal parece que no entra en mis planes
que el peligro es el motor que nos da vida.

Despenalizada la mentira y el engaño,
eliminar el límite entre el bien y el mal,
actuar con el corazón frío
y en la cabeza solo una palabra: control.

Y acaso ni me inmuto al descubrirlo,
cómo si el amor siempre hubiera sido vivido así,
como una pesadilla, rabia que no te deja dormir,
algo que se acaba.

Y si se acaba puede ser que nunca existió.

Y al final de todos los puntos suspensivos
lo único que queda es alguien diferente,
un yo más malvado que nunca,
un tú tan como de costumbre.

Puede que el último salvavidas
nos hubiera ahogado de verdad,
que lo imposible fuera imposible
que lo improbable fuera un futuro quizás.

Y hubiera preferido quemarme contigo
que tener que aceptar que vas a estar siempre,
sólo para recordarme que antes de ti
yo no era la que soy ahora.

La chica del adiós

A ella nunca le han escrito cartas de amor,
más bien siempre han sido de despedida,
mejor así, piensa, tener al menos un motivo
para recordar por qué los que se fueron
nunca debieron llegar.

Es la chica del adiós,
un pasatiempo encrucijado
para aquellos que no se atreven a quedarse,
la chica que mide su vida sentimental
por los calcetines sueltos que han ido invadiendo su casa.

A ella podrían gustarle las cartas de amor,
sino fuera porqué sabe que solo consiguen fabricar expectativas,
hacer promesas incumplibles,
partirse en dos cuando el que la escribió
desaparece en la salida de emergencia.

Algunos la llaman excéptica,
la creen fría y racional,
pero son aquellos que no saben
que la chica del adiós se debe a su nombre,
que quizá antes de poder recibir cartas de amor

es ella la que prefiere marcharse.




Que todavía

Maquillar con una sonrisa
que todavía dueles hasta el alma,
desear, en parte,
que esa felicidad sea la peor de tus torturas.

Saber que no hallo, ni hallaré,
manera alguna de devolverte tus mentiras,
que ni tan sólo pagarte con especias
puede hacerte sentir el más mínimo remordimiento.

Demostrar indiferencia que a ciencia cierta
atormenta más que odiarte de verdad,
que si creyera en la justicia,
me arrodillaba ante ti pidiendo clemencia.

Incrustar en mi memoria
que esto siempre ha sido un juego,
que las reglas las marcabas tu
a sabiendas que yo perdía de antemano.

Acertar cuando pienso que nunca,
nunca habrá en ti algún pedazo de mí,
que los cobardes ya no tienen sentimientos,
que sólo venden historias de amor,

para no aburrirse en el camino.

Hay cosas que nunca cambian

Límites...¿dónde están los límites?¿realmente existen o los creamos nosotros mismos?¿para qué sirven los límites?¿para ajustarlo todo dentro de lo correcto?¿cómo se ajustan los límites?¿dentro de lo subjetivo?

¿los límites impuestos son barreras, muros, prisiones?¿o son reglas morales que nos ayudan a vivir y a (con)vivir?¿es antinatural ponerse límites?¿decir hasta aquí he llegado y no voy a dar un paso más?¿no es ellímite una prohibición que genera más deseo?
¿cómo medir la realidad de los límites?¿la realidad es un límite?¿la verdad es un límite?¿dónde quedan los sentimientos?¿entre el límite y lo real?¿cómo aplicarle un límite al corazón?
Esa sensación horrible de tener el alma adormecida. De que nada duela como debiera doler o de reaccionar de manera exagerada sin poder controlar tus impulsos. De sentirse vacío, destripado, como si sólo fueras un cuerpo con el que poder respirar. Hacerlo todo a desgana y arrasar con ese hastío todo lo que está cerca de ti. Compadecerte, lamerte las heridas resecas que nunca se van, sentir que ya vomitaste todas las palabras, que nada sirve de nada, que todo sirve sin ti. Saber a ciencia cierta que tus sueños se escaparon hace tiempo y dejarse contagiar por el desánimo cada mañana. Rozar un punto álgido ilusorio y después darte cuenta de que este momento no es así. Tenerlo todo y perderlo en cuestión de días, intentar la aventura imposible, volver para volver a irte, sentirse solo, perder el tiempo. Dejarte llevar por lo que suceda y actuar como si nada te importase, llenar el vacío y querer despertar esa alma a base de alcohol.
Arrojarte a las vías del tren. Enfrascarte en un tarro de cristal, de esos para poner el azúcar y con una tapa hermética. Encerrarte en una celda sin ventana, casi sin aire, con paredes lisas y nada que mirar. Meterte en un cuadro aterrador y que algún maléfico pintor desfigure tu cara. Subirte a lo más alto de la iglesia, haciendo sonar las campanas hasta que te revienten los oídos. Incrustarte en cualquier pared de piedra donde muchos amantes antes se han besado y tener que soportar la pasión ajena. Condenarte a ser ciego, para que no puedas mirarme nunca más y que tu imaginación tenga que hacer el resto. Coserte la boca con aguja e hilo, sin anestesia, para que nunca jamás ninguna mentira se convierta en verdad en oídos de una mujer que te ama. Quemarte la piel a fuego lento, hervirte la sangre literalmente y marcarte la rabia con un punzón. Atarte al fondo de una piscina vacía y llenarla con osadía hasta que la última bocanada de aire te ahogue el corazón. O simplemente...seguir caminando y conseguirte olvidar.

Darlo todo por perdido

La manera que tiene de comportarse algunas veces, ese es el problema. Cómo ahuyenta sus problemas a base de desfase y de buscarse en los ojos de los demás, solo crea una brecha en sí misma por dónde se cuelan todos sus errores. Sabe que no existen las soluciones perfectas, que debe tener paciencia y aguantar hasta que las circunstancias le sean favorables, sin embargo, no encuentra la manera de paliar el dolor en medio de esa incertidumbre. Es un animal de costumbres y cuando algo cambia a su alrededor, a veces no sabe cómo adaptarse. La mayoría de las veces lo ha conseguido, pero esta vez es diferente; esta vez no hay ningún factor a su favor y se siente terriblemente sola. Y su personalidad, sobradamente destructiva, transforma esa soledad en rabia, en ira, ya no contra el mundo sino consigo misma. Porqué dicen que no son las circunstancias las que nos hacen felices, sino uno mismo, pero ¿qué más hacer cuando se siente perdida en un mar sin rumbo? Por eso se dedica a matar las dudas, los problemas, los porqué y los quehubierasidosi, con grandes dosis de descontrol y, por momentos, se refugia en brazos ajenos para olvidar que hubo un día en que nada era así, en qué su vida no dependía de un hilo, en qué era más fácil ser feliz.
Quedarte mirándote al espejo y preguntarte quién eres. Esa es la cuestión.

La carta

Nunca hubiera cambiado de opinión de no ser por aquella carta. Llegó a su casa una mañana de diciembre, cuando ella estaba en el trabajo, y aguardó pacientemente hasta la hora de cenar para ser abierta. Al ver el remitente, Sylvia experimentó una punzada agridulce en su estómago, ya de por sí bastante curtido en dichas sensaciones contradictorias. Se apresuró a romper el sobre con la impaciencia de un niño en un seis de enero y se dejó caer en el sofá con la pesadez del pasado cargada en sus manos. Al principio se esforzó por leer cada palabra detenidamente y encontrar el sentido de cada frase, cada coma, cada punto, pero a medida que iba avanzando, la lectura se volvía más y más trepidante. Llegó al final de la carta rebosante de demasiada información, preguntándose por qué dichas respuestas habían tardado tanto en llegar. Se dirigió a la cocina y se sirvió una copa de vino para endulzar ese momento, mientras pensaba qué debía hacer ahora. Permaneció unos minutos más en la estancia, inmóvil y con la mirada perdida. Y con la desesperación de alguien que sabe que algo va a pasar, fue corriendo hasta el salón y descolgó el teléfono; después de tanto tiempo aún se acordaba de su número.

Ella

Nunca he pedido que me entiendan. Acepto que en según qué situaciones puedo resultar un tanto difícil de tratar, pero es que no se me da bien eso de pedir ayuda cuando la necesito. Me gusta que la empatía general se active y tú puedas entrever que algo pasa. Pero no, no pido que me entiendas. Pero tampoco espero que huyas cada vez que hay un problema, que es lo que siempre haces. O hacemos, no sé.

Aire

Cierra los ojos y teclea. Sus dedos dominan a la perfección la posición de cada letra, de cada punto, de cada acento. Recuerda cuando de niña escribía con un solo dedo y con lentitud, o incluso cuando antes de tener un ordenador pasaba horas frente a la máquina de escribir que le había regalado su padre. Con la máquina no había posibilidad de error, si había una falta de ortografía se corregía a la vieja usanza. Ahora es tan simple como apretar un botón y empezar de nuevo. En cuestión de segundos uno puede reescribir la historia a golpe de teclado, haciendo y deshaciendo sin esfuerzo alguno. Le parece que en este tiempo, en el que casi todo funciona con la última tecnología, el valor de las palabras se ha banalizado. Siempre ha sabido que si ella fuera una palabra sería aire, porqué encuentra elegancia en su sonoridad y porqué es imprescindible para vivir. Y porqué al igual que la tecla suprimir, cuando pasa se lleva consigo todos los errores cometidos.

Cuando de repente chocas con la realidad

S. nunca había querido hacerse mayor y el tiempo la pilló por sorpresa. De un día para otro se encontró rodeada de responsabilidades y dolores varios, la mayoría profundos y agarrados a las entrañas. Era una situación desconcertante. No sabía manejarla porqué desde siempre había preferido vivir a caballo entre su imaginación y la de los demás. No quería saber nada de la realidad adulta e inconscientemente había congelado su alma a los quince años. De repente le arrancaron las fantasías de cuajo, sin pudor, sin remordimientos, y S. se  vio obligada a continuar viviendo en un modo aleatorio, intentando buscar en los espejos los restos de la niña que algún día fue. No tuvo suerte, la inocencia había desaparecido para siempre y con ella, todos los valores de la vida de S. A menudo se preguntaba a dónde irían a parar todas esas cosas buenas, porqué lo malo siempre es más fácil de recordar y por lo tanto, permanece, aún y los esfuerzos sobrehumanos por borrar aquello que nos hirió. S. se vio envuelta de diversas sensaciones a las que no sabía nombrar, quizás por no había aprendido a identificarlas, quizás por qué nunca quiso admitir que le habían roto el corazón.

De tanto callar

Miradnos, corriendo de un lado a otro. Siempre con prisas, siempre llegando tarde. Somos la raza humana, siempre compitiendo, aunque lo que más ansiamos en este mundo es conectar con otros. Para algunos eso ocurre a primera vista, es cuando sabes que lo sabes, es el destino destilando su magia. Y es genial para esas personas, viven como en un cuento de hadas, van directos, como cuando viajas en un tren expreso. Sin embargo, eso sólo les ocurre a unos pocos, para el resto de la humanidad vivir es menos romántico, suele ser complicado y liado, se rige por meteduras de pata y oportunidades desaprovechadas y sobretodo por no ser capaz de decir lo que necesitas decir cuando debes decirlo.


A través de http://infinitehorizons.tumblr.com/post/2746082033


Deluxe – De Tanto Callar (Version Acústica)

El abuelo

Mi abuelo es medio sordo, o al menos se hace el sordo, todavía no he llegado a una conclusión definitiva. Mi abuelo tiene, mediante tecnología casera, casi todos los sonidos de su casa amplificados. El timbre, la tele, la minicadena, suenan a un volumen más alto de lo normal para que él lo oiga. Incluso ha colocado un piloto rojo encima de la tele, a modo de sirena de policía, que se enciende cada vez que suena el teléfono. Qué ingenio. Toda mi familia, incluida yo, nos vemos obligados a aumentar nuestro tono de voz considerablemente para comunicarnos con él. Además, por si esto fuera poco, mi abuelo se caracteriza por tener una voz ronca y hablar más bajito de lo normal, ya que hace mucho le extirparon un par de cuerdas vocales. Así que mi abuelo, además de ser sordo, es medio mudo, o salvando las distancias, sordomudo.
Mi abuelo es hombre de pocas palabras. Cuando hablo con él, ya sea en persona o por teléfono, siempre se limita a preguntar qué tal, cómo va la escuela y poco más, lo que se traduce frecuentemente en un único minuto de conversación, en dos como mucho cuando está inspirado.
A todo esto, mi abuelo es un hombre profundamente cabezón, lo que implica que cuando cree tener la razón, la tiene y punto. Teniendo en cuenta sus capacidades limitadas para oír y hablar, cada comida familiar se convierte en una lucha por tener la palabra, ya que dice que nunca le dejamos hablar y que gritamos mucho.
Sin embargo, hace tiempo que le doy vueltas al hecho de que mi abuelo es más listo de lo que parece. Cuando hablo con él, sus respuestas se limitan a ser monosílabos como sí, no o ah, qué bien, hecho que evidentemente reduce nuestra comunicación nieta-abuelo a algo un poco superficial. Cuando digo que es más listo de lo que parece, es que cada vez estoy más convencida de que mi abuelo suele hacerse el sordo y el mudo, seguramente porqué no oye lo que le decimos y por lo tanto, no puede opinar. Aún así, creo que no pone mucho esfuerzo en ello y se ha acostumbrado a vivir de esta manera, inventando en su cabeza las conversaciones que realmente no puede o no quiere tener. Por ejemplo, nunca me ha hablado de la muerte de su madre cuando sólo era un niño, o de cómo vivió la guerra civil. Seguramente porqué le duele menos estarse callado.
Así que sospecho que mi abuelo debe tener una imaginación infinita y un mundo interior nunca explorado, lo que hace que yo lo considere como un diamante en bruto. Ya dicen que a veces, el mundo real es tan cruel, que uno se ve obligado a crearse mundos propios.

Mecánica espiral

Si hay algo que cada vez tengo más claro es que el ser humano funciona a base de contrastes, o de extremos, cada cual que lo llame como quiera. ¿Por qué sólo queremos algo cuando no podemos tenerlo? Y cuando lo tenemos, ¿por qué estamos tan convencidos de que no lo queremos? Es contradictorio, pero por lo visto nos gusta complicarnos la vida. Con lo sencillo que sería aceptar las cosas tal y como son, sin necesidad de tener que perder algo para darnos cuenta de que sin eso nuestra vida no es igual. Aunque también me planteo ¿qué hay de cierto en querer algo cuando no se puede tener? En esta situación, ¿dónde queda el orgullo? Seguramente en la posesión de las cosas encontramos una seguridad que difícilmente encontraremos en otra parte. Sin embargo, ¿cómo saber ciertamente que lo que tenemos es lo que queremos? Con la seguridad no basta, hace falta algo más, no sé el qué, pero algo. ¿Es saludable tanto inconformismo? Con el tiempo uno aprende que nada es perfecto, que las relaciones amorosas no siempre nos llenan cómo nosotros queremos y qué nosotros mismos somos un cúmulo de pequeños y grandes defectos. Qué con el paso del tiempo todo cambia, y aunque sea una nimiedad, ese ínfimo cambio afectara a todo nuestro engranaje vital. Entonces sólo nos quedan dos opciones, o bien uno se adapta, o bien pasa página. O lo que es lo mismo, o aceptas qué es lo realmente quieres o bien aceptas que eres una causa perdida. 

Este punto de la ciudad destila nostalgia. Qué tontería bajar al bar de la esquina y pensar que te encontraré tomando un café, ¿no?

Unwritten

Once de la mañana de un soleado día de julio en una estación ferroviaria cualquiera. Una chica con falda de tul turquesa espera sentada fumando sin parar. Llega el tren, ella sube, porque no se puede permitir el lujo de perderlo otra vez, y a conciencia. El tiempo se le escapa en algún lugar entre la espalda y el corazón. Después de una cuarentena demasiado larga ese día empieza a reconocerse otra vez en el espejo, o quizá sea sólo una ilusión perecedera. Porqué no hay nada más triste que perderse a uno mismo, aunque la chica está acostumbrada a vivir en modo de búsqueda. A veces busca porqué no encuentra lo que antaño era suyo, otras porqué necesita encontrar la certeza de algo que la empuje hacia delante. El asiento del vagón le parece confortable, tal vez incluso lo suficientemente cómodo como para permanecer allí una buena temporada. El rencor y la rabia se le esfuman con el humo del combustible quemado, dejando paso a un sentimiento de fracaso personal. Pero se siente aliviada y los músculos se le relajan a medida que abandona viejas heridas en cada siguiente estación. Seguramente la chica del tul turquesa se siente fuerte, un poco más que ayer, un poco menos que mañana.